Hoy nos resulta sorprendente, pero las letrinas romanas eran un espacio comunitario donde se podía conversar con los amigos mientras se satisfacían las necesidades corporales.
Los asientos estaban situados directamente por encima de una cloaca que evacuaba rápidamente los residuos, sistema que aseguraba una buena higiene y preservaba de malas olores.
A los pies de los usuarios discurría un canalillo de agua. Con ayuda de una esponja fijada en el extremo de un bastón, uno podía limpiarse a través de la abertura practicada en el asiento.
En una pequeña pila situada en un rincón los habitantes de la villa podían lavarse las manos.
 
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